
A pequeños sorbitos todo sabe mejor.
Desde aquella noche en la que descubrí que aún se venden fragmentos de vida en los rincones más inesperados, cada tarde había sido como cualquier típica tarde de mayo. Una fuerte luz se colaba por las ventanas que había en la parte alta de la pared, y si no tenías algo de cuidado, te daba de lleno en los ojos y te deslumbraba. Dibujaba siluetas contra la otra parte de la habitación, mientras, cegada por los rayos de sol, bailaba y daba vueltas delante de todos.
La historia empezaba a perder todo su sentido, y por eso se hacía cada vez más interesante. Nada estaba escrito, ni siquiera el destino sabía qué nos iba a traer en las próximas veinticuatro horas.
Fue, al menos divertido, salir a buscar paraguas cuando el cielo estaba completamente azul y la gente llevaba los abrigos en la mano.
Ir en contra del mundo.. ¿sería eso lo que de verdad nos gustaba?
Vivir.